Quizá el Parque Rodó sea de los pocos sitios
donde uno puede caminar inventándose una sombra compañera
confundiendo algún que otro sueño con alguna que otra vigilia
perdiendo la única noción de tiempo
hasta ver el último suspiro de un atardecer
colándose entre las hojas de unos cuantos árboles añejos.
Árboles que cuentan historias,
que no tienen otro pasatiempo que ver pasar otoños
descubriendo emociones,
por ejemplo de aquel par de viejos
que muy lentamente
como queriendo frenar el tiempo
van tomados de la mano
y que son el reflejo medio siglo después
de aquellos dos chiquilines que se abrazan
y hacen que el amor sea inminente.
Quizá el Parque sea un buen ejemplo de los pocos sitios
donde ser sensible cuesta menos vergüenza
y uno puede sin tapujos
desnudar su alma.
Quizá sea uno de los últimos sitios
donde uno puede descubrir a los cuatro
jugar a los once
amar a los quince
y olvidar a los veinte.
Quizá el Parque Rodó sea el último sitio
Donde uno puede descubrir su vejez
repasar sus años
y sentirse
un poco más cerca de la vida.
Parque Rodó, 1951.
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