Escrito el 4 de diciembre de 2009.
Quizá la serenidad sea algo que se adquiere con el tiempo
sobre todo si la misma antecede una batalla.
Lo cierto es, que en algún sitio inadvertido
un viejo banco acomoda los huesos de un viejo conocido.
A su alrededor un parque que envejece
y el tiempo que se hace compañero
para desenredar historias tan increíbles como reales;
que dejan al desnudo, por ejemplo
que en realidad la muchacha que ronda los veintiuno
que pasa apurada con unos cuantos libros
corre ansiosa al encuentro clandestino.
Y el anciano que hace que todo parezca un espejo
ha transformado su aburrimiento inevitable
en observar el movimiento de un árbol
quizá repasando sus años
quizá queriendo volver atrás.
Todo eso observa el señor
mientras coloca el segundo caballo;
el terrorista vestido de negro
delincuente de tiempo completo
que dejó de ser un oficinista de ocho horas;
o el mozo suicida que cumple con su trabajo
con cierto dejo de tristeza
llevando en su bandeja
un paquete de granadas que hacen equilibrio
mientras en su bolsillo asoma un papel,
que en realidad no es la cuenta
sino una lista de sueños incumplidos
y que quizás sea mejor
morir con ellos.
Tantas cosas quedan al descubierto
mientras colocando otra pieza
se lucha entre el pulso y el tembleque:
El niño, el perro, el ciruja, el divorciado,
la cuarentona que oculta arrugas
y el chiquilín no tan chiquilín
que empieza a mirarla con cariño…
Todo eso y más se puede observar
mientras termina de colocar
el último peón
que le dice que todo está listo para luchar
dentro de una realidad
que no hace más que ver pasar
la vida
….su vida
esperando que quizás alguien
por casualidad o desafío
le juegue una partida.
“A veces busco su imagen y descubro que sin él, el parque no es el mismo.
Hasta tu regreso”.
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