Hasta el cielo ida y vuelta,
y siempre un poco más…
Pablo Santiago Mendez
A Noelia Olivera.
La última incertidumbre ,
mis últimos resabios.
Hoy te entrego sin dudarlo,
mis ganas completas
de amarte desde hoy,
como nunca
y para siempre.
Soñar.
Hablo de sueños vivos,
esos que respiran el aire
de unos cuantos locos.
Aquellos que el mundo
se encarga de quitarles el oxígeno,
y por suerte,
no puede.
Me quedo
con tus ojos profundos
y labios directos,
con tu silueta
detenida en el tiempo.
Me quedo, incluso,
con tu silencio consciente,
para cuidarme
de las tormentas,
las soledades y los futuros
que ofrece el mundo
cada vez que gira.
Te quiero cuando miro muy adentro en tus ojos, porque puedo hundirme siempre, un poco más.
Déjenme con mi locura y mi coherencia
de caminar de cabeza,
en un mundo patas para arriba.
Discúlpeme
señorita,
hoy me gustaría confesar,
que puedo amarla,
irremediablemente,
con todo el cuerpo.
Sin pedir permiso,
podría
hacerle el amor
hasta la muerte,
como si usted fuera,
por un momento,
la mujer de mi vida.
Después del ruido, el sudor y los escándalos, el corazón nunca supo si gritaba de dolor o alegría.
Si fue alegría, el silencio hoy duele hasta los huesos.
Si fue dolor, la sonrisa es muy costosa para entusiasmarse.
Mejor no saberlo nunca.
En uno de los días de su vida, se juraron amor eterno,
en otro, descubrieron que la eternidad es sólo un instante.
Y nada más.
Nuestro amor siempre fue una victima
de dos bárbaros sin alma ni culpa.
Desde niño no fue más que un absurdo previsible
sin ganas de vivir / sin ganas de crecer.
Su juventud fue un vacío sin tiempo,
y su vejez un rasgo de memoria condenado al olvido.
No supo aguantar el viento,
la lluvia / los rencores / las desganas,
entonces,
simplemente
se enfermó de frio,
y murió
de soledad.