A menudo nos volvemos un poco toscos, la vida nos parece una desconfianza, un arduo camino cuesta arriba con una mochila que encontró como distracción, acumular pesos propios, ajenos y hasta fingidos. Y los sueños, nuestros sueños, solemos ponerlos en la cima de nuestra montaña, para que no pasen de ser un horizonte inalcanzable.
Siempre supe que era una cuestión de inocencia.
Quizás la clave sea recuperar la frescura de un niño que sueña con tocar las estrellas mientras sube su cuesta, ellos no sienten tristeza ni decepción al tumbarse de cara al cielo a contemplarlas desde lejos, aunque frenen su marcha, no abandonaran, porque cada destello de luz por más pequeño que sea, ilumina sus ojos y retumba en el fondo de su corazón iluminando el deseo, reavivando el entusiasmo. Entonces, su felicidad es pura y enorme, porque para ellos, aún estando a millones de kilómetros...todo es posible.
Habrán llegado a la cima, y aun así las estrellas seguirán encendidas, entusiasmando el espíritu soñador que busca en su inocencia, concretar siempre, un sueño más.
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Nunca olviden que fueron hechos para ser felices! y que siempre un sueño, siempre, es el paso hacia otro más.
Sueñen con todo su corazón y con todo su corazón... háganlo realidad.